lunes, 14 de marzo de 2016

Ya en preventa "Al Oeste del Corazón", tercera parte de Agencia Corazón Eterno

Pues eso, que ya está en preventa la novela, tercera de la serie Agencia Corazón Eterno, hasta el día 17 de marzo, que será cuando se lance. Aquí dejo una breve sinopsis y un no menos breve avance para quien sienta interés (y haya leído las novelas anteriores).

Por cierto, si las habéis leído... ¡estáis de suerte! Hoy lunes, estará gratis la primera parte (Aventura en las Highlands) y mañana, martes, la segunda. ¡No hay excusa!


Al Oeste del Corazón (Agencia Corazón Eterno III)


Ruth ha sido raptada por una misteriosa viajera en el tiempo llamada Casandra que le revela la terrible verdad acerca del destino de la tierra y le solicita ayuda para tratar de evitarlo. Ruth se niega a exponer más su vida y regresa a la época actual para continuar con los planes de Artemisia de seducir a Cayetano, a fin de sonsacarle el paradero de Lord James. Sin embargo, no cuenta con que Cayetano tiene exactamente la misma encomienda: seducirla a ella y robarle sus secretos. El caso de una mujer aburrida en su matrimonio que desea conocer a un auténtico vaquero le dará la idea definitiva a Ruth: llevarse con ella a Cayetano, quien también siente atracción por el Oeste americano... La siniestra Lucrecia, sin embargo, sigue al acecho...

Tercera parte de la Agencia Corazón Eterno. Se acerca el desenlace de la historia.


Resumen de lo anterior en «Agencia Corazón Eterno» (ver en Amazon para más info):


Ruth Hevia es contratada por un grupo de misteriosas ancianas de nombres estrafalarios dedicadas a los contactos amorosos a través del espaciotiempo.
Aunque la tentación de la aventura y, sobre todo, del dinero, es muy fuerte para Ruth, pronto descubrirá que las cosas no son como parecen y que el viaje en el tiempo encierra peligros con los que no había contado. En primer lugar, Cayetano, un rico vividor andaluz, al servicio del oscuro Lord James, que trata de descubrir el misterio de ese poder sobrenatural y que no le resulta todo lo indiferente que debería.
Cuando la mujer que la instruía en el salto temporal, Judit, agoniza le revela que ya no queda tiempo para la Humanidad, y que mejor haría alejándose de las Hermanas Viajeras y evitando el abuso de los «saltos», que consumen vida y salud. Sin embargo, continúa con las misiones, sin saber muy bien cómo reaccionar a la noticia del fin del mundo. Además, inicia un tímido acercamiento a Cayetano, a fin de poder acceder a Lord James y neutralizar su amenaza. Su primera cita en los Picos de Europa, no le resulta a Cayetano muy grata que digamos. Por otro lado, Ruth sospecha que el Fran, el chico que atiende en su bar favorito, está enamorado de ella, aunque de momento no inicie ninguna aproximación.
Las cosas se complican cuando aparece en escena Lucrecia, la demente hija de Artemisia, su jefa, encargada de borrar la memoria a los clientes después de los viajes, y que parece tener una obsesión insana hacia ella. Durante uno de sus ataques, aparece otro misterioso personaje que la defiende y se la lleva consigo a un destino incierto...

 Primeros capítulos...

1.
En unos segundos, había pasado de recibir tortazos a manos de una demente en su casita de Madrid a contemplar una inmensa estancia y a su solitaria moradora, de pie frente a ella, con el fondo de ventanas acristaladas a través de las cuales se veía un paisaje urbano de rascacielos futuristas. Sería porque, como le había dicho la tipa, estaban en el futuro...
—¿Esto es el futuro? —insistió Ruth, recelosa.
—Sí, respecto a tu época. En realidad, ya no hay más para la Humanidad. En unos días, todo desaparecerá, o eso pensamos.
—Primero explícame quién coño eres y por qué esa loca de Lucrecia me quiere sacudir. Es mejor que empieces por lo peor para que me vaya preparando...
—Pues lo peor es lo otro, que es el fin del mundo.
—No, lo peor es Lucrecia, créeme.
La mujer desconocida se rio.
—Bueno, muy agradable no es. —La tipa le tendió la mano—. Me llamo Casandra. Artemisia es mi madre, y Lucrecia, mi hermana. No me llevo muy bien con ninguna de las dos, o al contrario. Y, en cierto modo, la causa de nuestras desavenencias tiene que ver con la otra cuestión peliaguda: el fin del mundo.
—Por qué será que me lo creo...
—Pero antes, ¿no quieres tomar algo, un café, un chocolate...?
—Hombre, sí, para hablar del fin del mundo estaría bien un chocolate calentito con churros, no te jode. Y un anís.
—R3 nos traerá la merienda —explicó Casandra. O no había captado que se trataba de sarcasmos (y era bastante fácil notarlo) o había ignorado el comentario. Apretó un botoncito de la mesa de cristal—. Puedes sentarte.
Presionó otro botón, y se formaron dos sillas ante la mesa. Aunque tenían aspecto de cristal a Ruth le dieron como mal rollo.
—¿Eso aguanta el peso de una persona normal?
—Sí, es una modificación energética cuántica de la materia. Te sostendrá.
Y, para demostrarlo, se sentó ella en una de las sillas holograma.
—¿Seguro que no se me quemará el trasero ahí? Es la primera vez que veo una silla cuántica de la materia energética, pero una vez me senté en un radiador y...
—Por favor, Ruth. es un tema serio.
—Mi culo más.
A pesar de sus reticencias, se acomodó en la silla, que, inesperadamente, era cómoda y estaba fría. Es más, se adaptaba a sus formas como si fuera gelatina.
Un hombretón guapísimo, con el pecho descubierto, entró entonces en la sala luminosa y blanca, bandeja en mano.
—Así que este es R2D2... Joder, cómo han mejorado los diseños desde la Guerra de las Galaxias.
—Es un androide de servicios sexuales. Ahora están muy de moda. La gente de hoy en día es sumamente hedonista.
Ruth observó al robot mientras servía el chocolate. Aunque no le habían puesto vellos ni granitos ni pecas, la piel sintética simulaba con gran eficacia la real, hasta el punto de engañar a su vista. Un montón de dudas que no venían a cuento en esa situación tan delicada surgieron, de pronto, en su mente. ¿Esa cosa funcionaba a pilas? ¿Cuánto aguantaba sin recargar? ¿Daría calambre? ¿Lo podían meter en la ducha? Y, lo más importante, ¿podía dejar preñada a la usuaria?
—¿Ruth, me escuchas? —dijo la viajera.
—Esto... sí, que hoy en día la gente es muy hedonista, igual que antes. ¿Lo has probado?
La viajera la miró de medio lado.
—¿Me ves cara de haberlo probado? ¿Con las preocupaciones que tengo encima?
—Yo qué sé, por curiosidad.
La viajera dio un golpe en la mesa. R3 sonrió ampliamente antes de darse la vuelta. Podría haber sido la típica sonrisa de «ey, chica, ¿nos vamos a un lugar más tranquilo?», si hubieran estado en su tiempo y ese tipo no estuviera lleno de cables y circuitos. Pero Ruth recordó la cara de vinagre de Lucrecia y la situación en la que se encontraba: su libido se hizo pedazos.
—Te explicaba que Lucrecia es mi hermana... —continuó su interlocutora—. Y que el fin del mundo es inminente, o eso pensamos.
—Yo diría que el fin del mundo no es una opinión. Lo habrá o no.
—Hace años, dos de mis tías se atrevieron a ir hacia el futuro, más lejos de lo que ninguna de sus hermanas lo había intentado. Nunca regresaron.
—Ya, pero igual fue porque en el futuro más futuro han perfeccionado los R3. Y decidieron quedarse para estudiar su mecánica. Ya me entiendes.
En realidad, a juzgar por lo que veía, poco había que perfeccionar, quizás el desempeño, o la duración de la batería, pero sin probarlo se hacía un comentario aventurado...
—Ellas no eran de las que se «quedan». Primero, se lanzó a la aventura mi tía Hipatia; y al ver que no regresaba, fue en su busca tía Crimilda. Tampoco volvió. Ten en cuenta que somos viajeras en el tiempo. Incluso aunque hubieran pasado años en el futuro en cualquier momento podrían haber regresado a nuestro «ahora». Y no lo hicieron. Por eso pensamos que están muertas. Nuestra suposición es que llegaron a un escenario en el que las condiciones de vida en la tierra son imposibles y provocan la muerte inmediata sin dar opción a reaccionar.
»Se nos han ocurrido diversas hipótesis —continuó la viajera—. Incluida la destrucción total de la tierra. Es decir, que no haya ninguna tierra, pero eso implicaría un cataclismo cósmico de características inimaginables, el choque con algún planetoide, la caída de la luna sobre la tierra.... Pero la más probable es guerra nuclear devastadora.
—Sí, ya me imagino, no hace falta que especules en voz alta —se quejó Ruth, a quien las películas catastrofistas daban un poquito de miedo—. Pero, vamos a ver ¿a qué puto año se fueron las locas de tus tías? ¿Al un millón doscientos mil después de Cristo o qué?
—No, al 2100.
—¡Coño! ¿Y en qué año estamos?
—En el 2099. Con gran valor, nos hemos ido adelantando para tratar de averiguar qué pasó realmente y si podemos evitarlo. Pero mi madre... en fin, no está muy de acuerdo con nuestros intentos.
—¿Nuestros?
Había más viajeras en el tiempo que pecas en su espalda. Pero eso de llevarla a ella al 2099. ¡Casi prefería a Lucrecia!
—Hace años, después de la desaparición de mis tías, mi madre, Artemisia, prohibió los viajes al futuro y se desentendió de la Humanidad. Nosotras poseemos un gran don. Es inmoral desperdiciarlo con esas tonterías de los romances en el tiempo. Hemos de usarlo para algo útil, y más teniendo en cuenta que el «don» desgasta. ¿Cuántos años dirías que tengo?
Parecía una mujer de unos treinta y cinco. Pero no olvidaba que podría ser una pregunta trampa.
—¿Diez?
—Veintidós, y apenas llevo unos años saltando. Si hemos de sacrificarnos que sea al menos por la Humanidad. ¿No te parece?
—Mira, tía, me estás metiendo mucho miedo —dijo Ruth, echando un vistazo por la amplísima cristalera que ocupaba todo el lateral. En el cielo no se veía ningún planeta gigante ni un cometa ni nada raro, salvo torres de cristal y metal y construcciones de rascacielos brillantes como si la City de Londres se hubiera hipertrofiado—. Lo que sea que va a destruir todo está a punto de llegar y me has traído aquí. Bien, te agradezco que me salvaras de esa anormal pero creo que ya va siendo hora de que me vaya...
—Esa es la actitud de Artemisia y sus secuaces —reprochó la viajera—. Mirar al pasado e ignorar el futuro.
Ruth hizo un rápido cálculo. En el 2100 seguramente estaría más muerta que un dinosaurio. Judit le había dicho que disfrutara de la vida. ¡Al carajo con todo!
—Ha sido un placer conocerte, o no, pero tengo muchas cosas que hacer antes de que llegue el planeta Melancolía. —La aterradora película del mismo nombre, del no menos aterrador, por depresivo, director Lars Von Trier, no se iba de su cabeza. La peli, perdón por el spoiler, terminaba mal, muy mal, para la tierra.
—Al menos, tómate el chocolate. Dame un poco más de tiempo para tratar de convencerte.
—¿De qué? —Ruth sorbió el negro y sensual líquido.
Estaba rico. Solo faltaban unos churros para mojar... Por algún motivo extraño, volvió a recordar a R3.
—De que es prioritario parar la catástrofe. No hay mucha gente con el «don». Rastreamos el mundo en busca de los agraciados pero no es fácil.
—Ya, unirme a vosotras para gobernar la galaxia y todo eso, suena encantador pero ¿qué pasa con el chip?
Ruth casi podía sentir el bichito electrónico bajo su piel estallando y liberando el líquido asesino. Artemisia sabría de sobra dónde estaba (o mejor dicho, cuándo estaba). Y Lucrecia, su sicaria favorita, podría aparecer de un momento a otro (si lograba controlar sus ataques, después de meterse una dosis doble de medicación o recibir un electroshock bien fuerte).
—No te lo quitarás. Nos ayudarás fingiendo que eres fiel a Artemisia —dijo la otra, tan tranquila, ¿pero es que no conocía a su madre? Engañar a esa era más difícil que sacarse la lotería—. Queremos información. Creemos que ella la tiene, que sabe más de lo que dice sobre lo que ocurrió u ocurrirá no tardando mucho...
—Eso, eso, tú recuérdame lo del fin del mundo, que me anima mucho.
—En primer lugar... ella conoció al hombre que se hace llamar en tu tiempo Lord James.
Ruth sintió un espasmo en las tripas.
—¿Lo conoció en qué sentido? ¿Se lo tiró?
—Bueno, es una forma de decirlo... Él, cuyo verdadero nombre es John Van Halt, es el primer ministro de Gran Bretaña. Nos encontramos en un momento muy tenso en las relaciones diplomáticas con Rusia, a punto de entrar en guerra. Dentro de nada alguien dará la orden de lanzar los misiles nucleares. Y después de eso, no sabemos si el mundo se acaba o si se acaba por otra cosa...
De haber estado en una silla normal se habría revuelto en ella, pero aquella cosa cuántica que se adaptaba a sus nalgas impedía que se revolviera.
—Artemisia vino a esta época y tuvo, por llamarlo de algún modo, un romance con él —continuó Casandra.
—¡No jodas! ¿Y como es posible que ese tipo esté ahora en mi tiempo?
—Mamá se lo llevó. Tenía la sospecha de que sería quien desencadenaría el fin del mundo al activar el botón nuclear. Van Halt es un hombre ambicioso y no está muy bien de la cabeza. Lucrecia es... hija suya.
—¡La hostia puta! Eso explica muchas cosas sobre Lucre. Pero entonces Artemisia sí ha intentado hacer algo al respecto del fin del mundo.
Imaginar que esa tipa se había revolcado con el primer ministro, había tenido a Lucrecia y se lo había llevado años antes de su nacimiento provocaba mareos a Ruth. La única filosofía que se le daba bien y funcionaba era «¡dale antes de que te den!»
—Fue lo único que hizo. Y no ha sido suficiente. Es un poco difícil de explicar. Cada vez que tratamos de hacer un cambio en algún punto del tiempo, el futuro cambia, sí, pero no el resultado final. Ahora mismo, por ejemplo, Van Halt no es Primer ministro... Sí, ya sé que lo dije antes, pero eso fue en el «futuro» que conoció Artemisia en su primer salto. Ese año la desaparición misteriosa de Van Halt ocupó muchas páginas en los periódicos de ese año y horas de emisiones de noticias. Pero si hubiera sido una decisión exitosa y él el culpable del fin del mundo, nuestras tías habrían aparecido, ya que viajaron al futuro del futuro... Este se habría reescrito y... en realidad, hubo guerra de todas formas, y ellas no regresaron.
Ruth tenía la cabeza hecha un lío. Si ya las sutilidades del viaje en el tiempo la confundían y aturdían (por no mencionar los caracteres excéntricos de las «viajeras»), aquello empezaba a superarla. Bien era cierto que, a menudo, había pensado cómo sería, y que una de las hipótesis que había considerado como más «lógica» (casi confirmada por las expertas) era la de que se reescribiera todo al hacer un cambio. Lo que no cuadraba era: ¿Por qué el fin del mundo seguía sucediendo, hipotéticamente, incluso sin Van Halt? ¿Acaso la guerra nuclear no era el quid de la cuestión?
—Ya, y no volvieron las viajeras —dijo Ruth—. Entonces Artemisia se equivocó de hombre o de lo que sea.
«Pero bien que se lo tiró igual».
—En ese futuro anterior, Van Halt amenazaba con utilizar de nuevo su arsenal de armas nucleares y bacteriológicas.
—¡De nuevo! Quieres decir que ese cabrón...
—Sí, le gustaba experimentar con poblaciones inocentes. Gran Bretaña se ha convertido en una dictadura. Rusia, hoy en día, es el adalid de la democracia y las libertades en el mundo. Su presidente y su primer ministro son homosexuales y están casados entre sí.
—Ja, ja, ja —se le escapó a Ruth.
Si Putin levantara la cabeza.
«No, calla, mejor no».
—Por eso Artemisia pensó que lo haría. Se lo llevó para evitar la IV Guerra Mundial. Pero sucedió igual.
—¿Cómo que la IV? Será la III...
La viajera en el tiempo entornó los ojos.
—No, Ruth, la IV, pero sería un poco largo de contar... y ya sabes que no tenemos tiempo.
«Pues si tú no tienes tiempo... que viajas en él como quien toma un taxi».
—Entonces la cosa pudo venir por una guerra nuclear o bacteriológica... pero si no hay Van Halt...
—Hay otro peor: Luke Petrosian. Es curioso, pero, como te expliqué antes, cada vez que hemos intentado hacer algo para corregir los hechos luctuosos, el nuevo futuro no cambia en lo sustancial... En una ocasión, organizamos un atentado contra Petrosian, pero se salvó. Antes que a él, habíamos matado al ruso, pero también hubo guerra... Y no podemos estar toda la vida saltando. Cada salto consume vida. Hay que averiguar qué pasó o pasará realmente y evitarlo.
—Pero, vamos a ver, ¿cómo sabes si cambia o no si nadie se atreve a ir más allá de este año? Y si tú lo basas todo en que tus tías no regresaron... entonces ¡nunca vas a lograr cambiar nada, ya que si lo hubieras logrado en algún otro futuro ellas habrían vuelto!
A Ruth se le giraba la cabeza como si fuera la niña de «El Exorcista» solo por haber pronunciado esas palabras, que habían exigido de su intelecto un esfuerzo extra.
—Tienes razón, pero tal vez mis tías no regresaron por algún otro motivo.
—¡Claro, lo que yo dije al principio! —gruñó Ruth—Mira, me estás haciendo perder el tiempo. De acuerdo, te agradezco mucho que me hayas salvado de Lucrecia pero este rollo que me has metido podrías habértelo ahorrado, porque no se entiende una mierda. Ni tú lo entiendes ni sabes nada. Atrévete a ir al año 2101 a ver qué pasa y tal, y déjame a mí en paz, que ya sabes que tengo el puto chip y que Artemisia me controla.
—Si no quieres espiar o sonsacar a mi madre, también necesitamos voluntarias para ir al futuro.
—Ah, ya veo. Así que era esoooooo en realidad. ¡Mira tú qué lista! Que vaya yo y me arriesgue a pillar la peste negra a pisar un charco de lava ardiente o a que se me caiga la piel (o, lo que es peor, el pelo) en aire contaminado por una guerra atómica. Esta charla ha terminado.
Ruth apuró de un trago el chocolate, dejándose un buen bigote de sabor dulzón y color oscuro sobre el labio.
—¿Es que no hay servilletas o pañuelos para limpiarse en el futuro? —protestó.
La viajera, con el entrecejo más fruncido que una falda escocesa, apretó un botón. De un agujero de la mesa brotó una laminilla transparente tan cuántica como la silla. Ruth la arrancó y se limpió, con recelo.
—Pues, hala, me largo. Al menos, Artemisia me paga por consumirme.
—Pero la humanidad...
—¡Eso no es problema mío! Bastante tengo con lo que me cayó encima el día que me presenté a esa entrevista de trabajo con tu madre y tus agradables tías.
Ruth se levantó, y sin dar opción a que su interlocutora hablara una palabra más, saltó al presente.
2.
Había pensado aterrizar un poco antes de que regresara del viaje al Siglo de Oro con Marta y Diego, antes, pues, de que apareciera Lucrecia con la jeringuilla y la mala leche acumulada en sus genes, pero sabía que eso no serviría más que para enredar las cosas. Además, podría propiciar el encuentro consigo misma, algo cuyas consecuencias podrían ser desastrosas (para ambos yoes). Si ya era bastante cargar con los traumas y neuras de una Ruth, mucho peor sería hacerlo con los de dos, si es que sobrevivía algún átomo al choque.
Así pues, cuando apareció en el salón de su nueva casa, tomó aire, se dejó caer en el sofá, agotada por el esfuerzo que habían supuesto varios saltos seguidos y se quedó dormida como un tronco.
Hasta que su subconsciente, a través de un sueño donde se veía pateando el culo de un idiota, le recordó que tenía cita con Cayetano.
Despertó de golpe, dio de comer al gato, que se arrellanaba en su tripa anhelante de caricias, se duchó, aún cansada y apesadumbrada, buscó en el armario (donde, mierdaaaa, no había nada decente que ponerse para la cita), se deprimió pensando en aquel novio que la había llevado al cine a ver «una película muy buena y de gran profundidad sobre el ser humano» que luego resultó ser Melancolía, de Lars Von Trier, y que la sumió en la depresión más absoluta durante tres días (al menos, se desquitó, dándole una patada en el culo al novio, que pasó en ese momento a llevar el ex delante: ese era justo el idiota con el que había soñado).
Mientras sacaba prendas del armario y las arrojaba sobre la cama (todas negras, ni un mísero toque de color; bueno, había unas camisetas grises, pero tenían dibujos de calaveras y cosas por el estilo), Ruth, aún escalofriada y rendida, notó un aliento gélido en la nuca.
Se giró. Era Artemisia. Se le hizo raro verla en un edificio que no estaba ruinas.
—Qué carajo quiere ahora. Estoy muerta de cansancio.
—Solo pedirte de nuevo perdón por el comportamiento de Lucrecia —dijo, seria—. Y preguntarte dónde has estado y con quién.
Cómo si no lo supiera. Quería ponerla a prueba, pero no caería.
—He ido un rato a pasear por el futuro. Es lo que más me relaja después de que traten de arañarme la cara y golpearme sin motivo. Debería probarlo. Aunque también puede hacerse una pajilla. Y su hija, que lo necesita como respirar.
Artemisia arrugó la boca.
—¿Fue Casandra la que te llevó?
—Sí, muy simpática. Me invitó a chocolate sin churros, hablamos de nuestras cosas, de bolsos, zapatos, luego hicimos una fiesta de pijamas, cosas de chicas...
—Su humor no siempre es procedente.
—Y sus mentiras y ocultaciones no lo son nunca. Además, no me dé la lata. Usted misma me recomendó que atendiera a Cayetano, ¿no? Tengo que arreglarme para la cita. Así podremos encontrar antes a su ex amante, el señor Lord James, o debería decir, John Van Halt...
Artemisia arrugó de nuevo la boca, pero para el otro lado.
—Imagino que Casandra te habrá contado alguna historia truculenta sobre nosotras.
—Que va, solo que se va a terminar el mundo y la humanidad y todo lo demás. Y que hay unas que se sacrifican para tratar de evitarlo mientras usted y sus hermanas sacan dinero a ricas ociosas sacrificando a otras (como yo) en sus viajecitos de placer. Nada importante.
—Intenté actuar pero nadie sabe lo que ocurrirá —se explicó Artemisia. Algo era algo—. ¿No es acaso mejor disfrutar del presente que perder el tiempo tratando de cambiar algo que podría ser inevitable? Casandra también es mi hija. Ha reclutado a mucha gente de nuestra familia para locos planes que jamás tienen éxito. Esto no es como las novelas ucrónicas, donde alterar un evento histórico modifica el resto del desarrollo temporal. La historia no cambia por un solo hecho. Hay muchos factores, muchos hilos, muchos millones de personas haciendo historia a la vez en cada momento. No se puede controlar ni analizar todo. Yo lo intenté. Y vi que no tenía sentido.
—¿Para qué coño quiere saber dónde está Lord James entonces? ¿No será por qué tiene miedo de que, de algún modo, encuentre la manera de viajar al futuro de nuevo y, escondido entre la multitud, cause la destrucción total? ¿O es que sigue enamorada de él?
Se le antojo una idea absurda y poco creíble. Además, Artemisia debía de ser consciente de que su actual aspecto de uva pasa (muy pasada) no la haría precisamente muy deseable para Lord James.
—Bueno, es posible que él fuera algo impulsivo cuando gobernaba... —dijo Artemisia—. Pero dudo que haya sido el causante de tanta desolación futura.
«Es decir, que sigues enamorada de ese Hitler del porvenir».
—En su momento, tenía cierta niebla sobre mis ojos y sobre mi corazón —continuó la señora del pelo blanco hipercardado—. Él se escapó y fue imposible dar con su paradero. Solo hace poco empezamos a sospechar que Lord James era Van Halt, justo cuando capturó a una de mis sobrinas... para extraerle el secreto del viaje en el tiempo.
—¿Eso dijo ella? ¿Qué era Van Halt? ¿Y cómo lo sabía?
—Mi pobre sobrina... no volvió a aparecer. Pensamos que Lord James se propasó con sus experimentos... Otra de mis sobrinas logró escapar tiempo después y contó... ciertos detalles. No fue difícil atar cabos.
—Oiga, ¿y no es mejor ir al punto cuando nace ese hijo de perra y matarlo en la cuna?
—¿Quieres encargarte, Ruth? —dijo, dura, acerada e inmisericorde, Artemisia—. Pero antes habrás de averiguar dónde y cuándo nació. La biografía del primer ministro Van Halt se reveló falsa cuando indagamos sobre el asunto.
«A lo mejor, Van Halt no era quién decía o sabía de vuestros manejos... Ay madre, me estoy volviendo tan loca como ellas».
—Mira, le agradezco que confíe tanto en mí como para asignarme esa maravillosa misión —se burló Ruth—, pero creo que se me dará mejor engatusar a Cayetano, que parece muy facilón. Le gustan todas. Caerá como un imbécil. Le sacaré dónde está la guarida de Lord James.
—Una vez le aplicamos el líquido y no nos reveló nada de interés... Existe un local de prácticas sexuales anómalas que usan a veces para sus citas pero Lord James está bien protegido. Varias de las nuestras han muerto al intentar acercársele. Es mejor que muera alguien ajeno a nosotras en quien él confíe, como Cayetano. Y solo colaborará y te ayudará a eliminarlo o a capturarlo si te ama sin reservas.
—Comprendo. Si me ama sin reservas debe morir. Pues vaya plan.
—Sí, es difícil, puede no llegar a amarte. Es la primera vez que intentamos este plan... —Artemisia la miró de arriba abajo—. Por extraño que parezca... puede que contigo funcione.
Ruth tembló. De lo que se trataba era de engatusar a un idiota para que hiciera el trabajo sucio, pero ese idiota no parecía haber hecho nada malo excepto ser rico y no trabajar.
Recordó los ojos verdes de Cayetano. Su corazón se agrietó un poco al recordar sus besos... Cierto, tenía cara de tonto, pero bajo esa mirada debía de haber algo bueno, por minúsculo que fuera. En Artemisia solo veía dureza y ansias de ganar sin pringarse con la sangre. Pero lo pensó mejor. En el fondo, sí que trataba, a su manera, de evitar lo que habría de ocurrir. Tal vez en su momento, cuando andaba enamoriscada de Lord James, no había podido sonsacarle información o estaba le había llegado demasiado distorsionada por el filtro del amor. Imaginar a Artemisia enamorada le produjo dolor de cabeza. Era una idea demasiado extrema. Su mente no estaba capacitada para asumirla.
—Bien, ya tendremos tiempo de hablar del asunto —dijo Artemisia—. Espero que te vaya bien en tu cita.
Después de decir eso, la vieja abrió la puerta y se fue de su casa. Se preguntó cómo había entrado si ya no podía hacer saltos. ¿Tal vez andaba por ahí Lucrecia? Al dolor de cabeza se sumó una náusea.
Sus músculos estaban tan flojos que tuvo tentaciones de telefonear a Cayetano para posponer la cita. Pero una fuerza que brotaba de su interior y que era más poderosa que el cansancio, impulsó sus brazos y sus piernas. Se vistió con unos jeans negros, una camiseta negra y unas botas negras. Al menos, era todo nuevo. La parte mala, que parecía recién salida del funeral de un gótico. Se puso una chaqueta de cuero, gris muuuuy oscuro. El efecto empeoró, pero era mejor que la chupa con codos desgastados por el uso. Su humor hacía juego con el color de la vestimenta. Ese mismo día había estado en el Siglo de Oro y en el futuro pre—apocalíptico. Siendo optimista, tampoco tenía tan mala cara después de todo.
3.
Cayetano, acodado con pose sofisticada en la barra del bar de Fran, no dejaba de mirar su reloj de oro, vigilado por miradas «envidiosas de clase baja». Habían quedado a las seis en ese antro, no precisamente el lugar que más le apetecía.
La chica le sirvió una cerveza vulgar y corriente. Aún no había aprendido a preparar el cóctel «Ángel Caído». Con gente así de poco estudiada en la hostelería no era de extrañar que España se hubiera hundido en el pozo. Pero el gobierno nunca tomaba medidas en lo que realmente importaba.
Hizo ademán de volver a consultar la muñeca con el rolex, pero lo pensó mejor: en un barrio de esa calaña podría ser un gesto temerario. Y los caballeros de su categoría carecían de las mañas en lucha urbana de los pandilleros locales. Y también de navaja adecuada al tamaño del peligro.
Ni de broma pensaba desaprovechar esa vez la oportunidad con Ruth. Tampoco pasar todo el rato en un ambiente digamos... lleno de gente de escaso poder adquisitivo. Y mucho menos con el Fran ese de testigo. Ya estaba: había pensado en él y en Ruth juntos y le había vuelto la picazón al cuerpo.
Pero nobleza obligaba: aguantó las ganas de rascarse, y se tomó la cerveza con la misma sofisticación con que James Bond atacaba un martini. Y, luego, se pasó el dedo por el labio, contemplando el reflejo del cristal que había al fondo. Guapísimo.
Entonces apareció ella... No fue la aparición deslumbrante de una dama envuelta en sedas bajando por unas escaleras alfombradas, pero su corazón pegó un saltito. No fue lo único que le palpitó. «Madre mía, soy un pervertido, ojú, cómo me gusta lo raro», pensó, mientras ella, el entrecejo fruncido, las ojeras bien marcadas y los labios torcidos como si fuera una madre sorprendiendo a un exhibicionista cerca de su hijo del alma, avanzaba con paso de elefante, nada fina, hacia el mostrador.
Cualquiera diría que iba con toda la intención de arrearle una bofetada o un puñetazo, pero se limitó a saludar a Fran (demasiado fría para ser su novio: daba qué pensar), y luego pidió una cerveza.
—Estás muy atractiva —le dijo él. Se le había aliviado el picor, pero no el dolor de garganta—. Te sienta bien el negro. Te hace más delgada. Y más alta. Y más...
—¿Más qué...?
—Más peligrosa...
—Solo si te pasas de la raya o dices algo que me moleste.
—Tendré cuidado... y, ya que lo mencionas, ¿no podríamos ir a otro sitio? Es un poco incómodo hablar de nuestras cosas con tu «novio» delante.
—¿Y a dónde quieres ir? Descartadas tu casa y la mía. Y los Picos de Europa.
La joven se echó a reír.
—Había pensado tomar algo caliente en el Ritz, para mi resfriado causado por ti.
—¡Suena fatal!
—Pero si es un hotel de cinco estrellas: elegante y clásico.
—¡Ya decía yo que sonaba fatal!
—Tienes razón. A lo mejor no te dejaban entrar así vestida. Incluso podrían llamar a la policía. Soy bastante conocido en esos ambientes. Sería muy violento.
—Y si te partiera la cara aún lo sería más. Iremos a donde yo diga, así que tómate la cerveza y arreando.
Medio atragantado, Cayetano se tragó la bebida. Fran lo miraba de reojo mientras fingía pasar un trapo por encima del mostrador, pero no parecían celos sino ese ligero desprecio de clase que sentían los obreros manuales y empleados hacia las personas con nivel, dinero y buen gusto como él. Eso le dio ánimos. Ya le había parecido raro que Ruth tuviera novio; pero, en ese momento, se convenció de que estaba más libre que un político corrupto evasor de impuestos.
Pensándolo bien y hablando de rarezas, ella también estaba algo cambiada. Tenía mala cara. Era comprensible si, como había sospechado durante la llamada, había realizado un «viaje». Baja de defensas sería más fácil seducirla. Eso, unido a que estaba loca por él, haría de aquella misión algo no solo posible sino placentero.
Estornudó y se limpió boca y nariz con un pañuelo. El calor de la frente podría ser fiebre o emoción ante el peligro, o una combinación explosiva de ambas cosas, pero no era el momento de ponerse a filosofar.
—El campo no te ha sentado muy bien —se burló ella, ya fuera del local—. Pensaba que los ricos andaluces tenían todos cortijos donde iban a montar a caballo y a hacer cosas horribles a los toros, y que estarían acostumbrados a la vida rural...
—Es que hay campo y «campo» —dijo Cayetano—. Y ese sitio donde me llevaste era demasiado... «campestre». —Volvió a limpiarse la nariz, llena de mucosidades. Por Dios, qué poco glamour cuando debía mostrar lo mejor de sí mismo—. Por cierto, ¿qué tal el viaje? Si vamos a hablar de temas que nos atañen, como dijiste por teléfono, podríamos empezar por sincerarnos...
—El viaje, una mierda.
—Bueno, tampoco hace falta que te sinceres tanto. Hay sinónimos para evitar ese lenguaje chabacano que estropea tu deliciosa boquita.
—Te lo diré de otra manera: una jodida mierda.
—Me temo que eso no es un sinónimo.
—Pero es la puta verdad.
—Te noto algo tensa. Comprendo que mi presencia cause ese efecto pero preferiría que pusieras mejor cara. Podría darte un masaje que te aliviaría mucho... Son experto en ciertas disciplinas orientales.
—Vayamos a donde sea, que lo que tenemos que hablar es muy serio.
—¿Cómo de serio? ¿Me vas a pedir matrimonio solo por un besito? Sí que eres tradicional.
—Serio como la muerte.
«Muerte» era, como «trabajo», una de esas palabras capaces de poner a Cayetano al borde de un ataque de nervios. Buscó algo de madera para tocarlo, se santiguó, dijo: «lagarto, lagarto» y otras fórmulas efectivas para alejar el mal de ojo, ante la mirada un poco desquiciada de aquella chica. Pobrecilla, la falta de un hombre de verdad debía de estar llevándola a la depresión, de ahí lo de las ojeras y lo del negro riguroso de viuda de pueblo del interior de Andalucía.
—¿Qué carajo te pasa, tienes un tic o has mezclado anfetaminas con coca? —gruñó ella.
—Guapa, ya te dije mil veces que yo no tomo esas cosas. Solo soy adicto a las nenas guapas. Pero hay temas de los que es mejor no hablar, ya sabes. Da mala suerte. Conozco un psicólogo que atendió a mi madre cuando padecía de aracnofobia. Podría irte bien. A lo mejor lo de «viajar» tanto te está afectado a la mente.
—Esa es la primera y única cosa sensata que has dicho desde que te conozco, y no me refiero a la estupidez esa de la aracnofobia —se burló ella—. De algo te sirve el tratar con un ser humano de verdad.
Cayetano se frotó las manos, sumamente contento. Ella empezaba a soltar información. Pronto caería en sus redes. Era imposible resistirse. Si había aguantado un poco más que las otras era solo porque carecía de educación para apreciar la calidad de lo que se le ofrecía. Se dio cuenta de que, en realidad, deseaba conocer el asunto del viaje en el tiempo también para sí y no solo por los premios que Lord James pudiera otorgarle.

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